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sábado, 4 de octubre de 2008

EL REFLEJO DE UN BESO

EL REFLEJO DE UN BESO


Cuando hubo terminado de orinar, con un sobresalto de micción que agujereaba por su presión la vejiga y que aprisionada en aquella acequia orgánica se liberó anárquicamente (como escapan de sus celdas las avispas al ver resquebrajado su nido por el ataque de una rama pelada en las manos de un niño inconsciente) con el primer resquicio de apertura de su glande, salpicando el cerco de la taza del sanitario a golpes de borbotones áureos, con una pauta que limitaba su intensidad y cantidad a medida que la secreción era expulsada, advirtió que, otra vez, la pernera derecha había sido dibujada de manera vanguardista con tal templado tinte dorado.

“La próxima vez mearé sentado”, se dijo a la vez que se avergonzaba con zozobra por excitarse ante la idea de sentir la emulsión salina patinando en sus nalgas tras haber sido regadas por el efecto de un chorro demasiado fuerte sobre la porcelana, mientras sacudía su pene para desprenderse de las gotas que habían quedado encharcadas entre los pliegues de un retraído pellejo.

Permaneció de pie, con el pantalón a la altura de los muslos, dispuesto a deslizarse hasta el suelo y sólo sujeto por el recién adquirido adherente sobre su piel, sin saber si aquello era la gota que colmaba el vaso o si el vaso del aguante era en demasía irrisorio.

Primero fue el ojo izquierdo. Le siguió el derecho. Comenzó a sollozar con una leve arqueada mueca que se asemejaba a una sonrisa, pero que alternaba en su curvatura como las bocas en las máscaras del teatro. A su vez, con gesto de danza, giró sus caderas para ceder a la gravedad el peso del pantalón y, con gracilidad, lo desocupó abandonándolo sobre los baldosines. Quedó por entero desnudo, salvo por el relieve de las inéditas lágrimas y del, cada vez más pegajoso, mejunje formado por el sudor que transpiraba de sus ingles y la excreción por un tiempo considerable expuesta a la atmósfera enclaustrada de un cuarto de baño de paredes cerradas y sin ventilación.

Quedó frente al espejo de cuerpo entero que ocupaba el reverso de la puerta del lavabo mirándose como si la imagen que ante él se manifestaba no fuese la suya. Reconociéndose tan solo en aquellos ojos clareados como un amanecer por el desprendimiento que causa el brote de un llanto.

Lentamente, arrancó sus manos al peso de la gravedad para conducirlas, colgadas de sus muñecas como si estas estuviesen sujetas por las cuerdas propias de una marioneta, hacia su cara. Reclinando sobre su rostro las falanges superiores de sus dedos volvió a ceder al peso sus brazos lánguidamente para que, con el rodamiento, las yemas acariciasen con expresión de arañazo el camino que se puede recorrer entre la frente y el comienzo del cuello.

Con superlativa superficialidad y más delicadeza de la que se pueda tener con la nuca de un bebé, deslizó las manos en sus hombros, bajando por sus pechos - con un sutil recreo sobre sus abruptos pezones – cayendo luego como cascada en su vientre para hundirse después sobre su sexo, refugiando así la incipiente rigidez de su erección.

Se miraba en el espejo, embriagado de un vino que no había probado, abriendo la boca y separando los labios, unidos ahora únicamente por columnas densas de saliva que terminaban rindiéndose al labio inferior, al mismo ritmo que las pupilas iban dilatándose.
Nacho Hevia

martes, 5 de agosto de 2008

EL REQUIEM DE MARLENNE

El Réquiem de Marlenne




Como cada noche se puso su walkman. Se acostó sobre su cama, se tapó con el fino edredón que el anterior inquilino dejó en aquella habitación, colocó el duro cojín en el cabecero y encendió otro cigarrillo. Y como cada noche dio al play del cassette para escuchar durante las largas horas de la madrugada su colección de cintas de cantantes femeninas, todas ellas de antes de los años setenta.


Su favorita era una intérprete alemana cuyo nombre desconocía. Se hizo con esa cinta hacía ya muchos años y estaba guardada en una caja sin carátula. No conocía su nombre pero, sin embargo, le gustaba llamarla Marlenne.


Sólo se levantaba para hacerse un café, aunque normalmente lo preparaba antes de echarse en la cama. Como cada noche removió lentamente el azúcar de un sobre robado en una cafetería y dio pequeños sorbos formándose un río que desde la comisura de sus labios descendía hasta la barbilla.


Y así durante todas las noches: cigarrillos, sorbos de café, su cojín en el cabecero de la cama e interminables cintas que cantaban el amor, la pérdida, la juventud, lo volátil, la belleza, la ternura, el dolor, el sufrimiento y otros temas que aun sin entender el idioma en que eran cantados los adivinaba por la forma en que eran interpretados. Y sobre todas esas voces, la de Marlenne, esa mujer sin imagen pero que dibujaba desde su cama: alta, con bucles en su media melena rubia, la tez de un blanco resplandeciente y una cintura de avispa marcada por los vestidos ajustados que le diseñaba para cada canción.


Como cada noche no tuvo fuerzas para ordenar su el cuarto donde vivía. Ropa, papeles, revistas, libros, utensilios del baño, cuadros, maletas, pinceles, platos, tazas, sábanas... se amontonaban sobre su armario, el escritorio, la cómoda, su única silla y sobre el suelo. Y como cada noche desde su cama observó que la fina capa de polvo que lo cubría todo lo era cada vez menos.


Fumó y fumó llenando la pequeña habitación de olas de humo perfiladas con la tenue luz de la vela blanca que cada noche encendía.


Aquella noche no se levantó de la cama para hacer café, ni abrió la pequeña ventana para dejar entrar el aire. Aquella noche fumó todos sus cigarrillos, uno detrás de otro mientras sus divas le cantaban al oído.


Y cuando ya no le quedó más que un cigarrillo quitó el duro cojín del cabecero, se tumbó a lo largo de su cama, se tapó con el fino edredón hasta el cuello, encendió una vela nueva, tomó los restos del café olvidado del día anterior, cambió de cinta por la de Marlenne, encendió su cigarrillo, se lo fumó con una extraña lentitud y tras apagarlo en el cenicero decidió morir.



Cerró los ojos y perdió la vida mientras que la vela se consumía y el humo formaba sobre su cuerpo un espeso velo mortuorio. Y cuando sonó la última canción de Marlenne, ésta fue su réquiem.




Nacho Hevia

martes, 29 de julio de 2008

LA FORMA DE LAS NUBES




La forma de las nubes





Una despejada mañana de abril, mientras los vientos fríos de hacían más amigables, las flores impregnaban con su aroma los valles y los hombres y mujeres abrían de nuevo puertas y ventanas, dos nubes en lo alto del cielo se encontraron. Una le dijo a la otra:


- Ahora que la primavera ha regresado y el cielo vuelve a ser luminoso y cerúleo puedo volver a mostrarme majestuosa ante todas las criaturas de la tierra. El fondo claro y resplandeciente realzará aún más mi forma. Todos los seres se maravillarán ante mi hermosa figura.


- ¿Hermosa? –preguntó el otro cúmulo de algodón- No hay nube sobre el cielo más preciosa que yo, o ¿acaso puedes adoptar la apariencia de un lirio? La belleza de una flor sobrevolando el cielo provoca que los segadores dejen su trabajo para admirarme y que los enamorados se prometan ante sus amantes amor eterno.

- Los hombres me imploran al ver en mí sus sueños más deseados -replicó la primera- Unos contemplan castillos, a otros les muestro inmensos tesoros, diseño la imagen de las joyas para mujeres avariciosas y hasta coronas de reyes para los necios arrogantes.

- A mí me temen al avistar como una inmensa ola del mar puede destruir sus cosechas y viviendas o al descubrir la fisonomía del dedo de los dioses dirigiendo su irascibilidad hacia ellos.

- Yo puedo reblandecer mi aspecto a tal punto que todos los habitantes crean, cualquiera que sea su religión, que el día que mueran se hallarán descansando sobre el colchón espumoso y suave que dibujo a mi antojo. ¿Puedes tú darles, como yo, la serena tranquilidad del alma?


- Puedo darles ira. Esculpo mi silueta de manera abrupta, mis repliegues se engullen los unos a los otros, creo tentáculos que se atacan entre sí, me convierto en un volcán que escupe sus propios adentros y todo ser viviente que me observa siente repulsión, amargor, angustia, desolación, cólera y rechazo. Soy capaz de infectar sus instintos oscuros más escondidos.


Así estuvieron discutiendo sobre cuál de las dos nubes era más solemne, poderosa, magnánima, influyente... durante toda la mañana, durante toda la tarde y durante toda la noche.

Tan distraídas estaban en su disputa que no escucharon llegar un último viento frío del norte que las azotó; no quedó nada más de ellas que el suave susurro del eco de su conversación.





Nacho Hevia

miércoles, 21 de mayo de 2008

RELATO

CABARET
(O EL INSOMNIO DE LAS CALLES VACÍAS)


“Hay días en los que la tristeza es ofensiva y desgarra a jirones y otros en que es lenta como la pereza. Y no hay palabras para este frío o para el repentino sobresalto del dolor que puedan aliviar el ahogo.”

“Continúo con mis raíces desangradas y sin rincón donde llorarlas. Los relámpagos se reflejan en mis techos iluminando los límites de los contornos de cuatro paredes custodias de la herencia legada antes de mi último nacimiento que aparece como un porte de propósitos en mis doradas manos conductoras.”

“Qué más quiere que le diga... por favor. Qué más quiere que le diga.”

Aquel día regresó por inéditos caminos de la ciudad de la que pretendía escapar. Tan vieja era esa urbe para su corta vida que se asombraba con las tiendas apenas inauguradas en las sabidas vías de sus paseos y de las que se alejaba preguntándose “¿qué había antes ahí?” sin poder si quiera recordarlo en los revividos pasos que mudaban ahora en trancos de calzada ajena; con los nombres de las calles de personas perfectamente anónimas para él y sobre las cuales, a causa de la emponzoñada desgana, nunca llegaba a consultar en su compacta enciclopedia de no-sé-cuántas-mil nuevas entradas; o con los tendales de ropa en los balcones de pisos exteriores de novísima construcción (edificios levantados con formas imposibles para su orientación y un ladrillo visto, ora cenizos, que tratara de transferirles una antigüedad desprovista cercana a los años setenta) repletos de mudas color entre bayo y trigueño. Le sorprendía pensar cómo las bragas y calcetines, a pesar de los óbices que las nuevas arquitecturas les brindaban, se manifestaban victoriosas con la simple defensa de un clavo en el alfeizar y una cuerda verde adquirida, casi más como un souvenir abaratado de cualquier todo a 0’60€ que como un aparejo propio de ferretería, ante los peatones y transeúntes que, en un acto de tregua, alzaban la mirada más allá del asfalto de la metrópoli.



te deseo
tanto
como el ansia
de vida
de una brizna de hierba
entre el asfalto
de una calle empedrada
empedrada...
...
...
...
como una vieja
calle lisboeta


Guardó la composición estampada a lápiz sobre la servilleta que a su vez asistía a la necesidad de posavasos entre las páginas de su cuaderno de hojas blancas sin cuadrícula que, inerte a sus ojos, decoraba la mesa en la instantánea del efebo muchacho tomador de café en vaso de caña.

Tres versos, casi al final de la poesía originalmente impresa, quedaron desdibujadas por lo frágil del material para su edición y es por ello que su reproducción haya quedado incompleta como un recuerdo difuminado con un tintineo de lágrimas por su no recuperación.


“No. Nadie puede velar el insomnio de las calles vacías de aquel que pretende huir de ellas. Ni descubrir el germen de las palabras perfumadas que no desean ser dichas por su interlocutor, escapista de comparecencias dilapidadoras de vehemencia. Querer revelarlas es buscar formarlas con las letras hervidas de una sopa que fermenta y enmohece con el calor de la propia omisión del olvido. Ni promover la versatilidad de estados como si de mercancías devaluadas se tratase.”


“Los recuerdos retornan sorpresivamente desparramados sobre el suelo de la misma manera que al sacudir unos pantalones para lavarlos una fina estela de lluvia de arena de playa cae desde los bolsillos hasta la base de tus pies y al recogerla con tus manos descubres miles de puntos de color que no pudiste distinguir sobre ese blanco sucio uniforme salpicado de algas y piedras que aquel verano depositó en tus prendas temeroso de su olvido”

“Puedes olvidarte de recoger el sobre que alimenta tu café que viaja con la corriente de una puerta abierta más allá del alcance de tu mano aun habiéndote propuesto recuperarlo del mármol que acoge desde la temprana hora de los desayunos una variada colección de otros tantos sobres de azúcar, chicles, servilletas, palillos para los dientes, cigarrillos rubios, negros, recién encendidos y arrojados precipitadamente o con la boquilla incluso apurada hasta el extremo por unos labios que pareciera hubieran sido pintados con carmín a brochazos.”

“Puedes olvidarte de ese comentario tan importante preparado en el trampolín de tu boca que en el curso de tu interpelación hubiese supuesto un giro brusco, adecuado y a tu favor frente al resto de argumentos interpuestos por los intervinientes de una conversación de la que deseas salir arrepentido de alguna observación propia que invitase a la predecible incomodidad en la que te encuentras.”

“Puedes olvidarte de estos detalles fácilmente, pero ni el verano ni las estaciones en las que se prensó el aceite permiten el despojo de su recuerdo que el tiempo tratara de arrebatar con una victoria que de antemano honra a la eternidad desde que ésta fue consagrada con el amor de nuestras almas.”


¿Quién te hizo de océano, pequeño naufrago de ochenta y ocho teclas de mar? Nadie comprende tu regazo magenta de albahaca y muerte. ¿Adónde caminas, insomne, con un jardín de flores secas en la hornacina de tu vientre?

Reanudó su particular singladura avanzando por la, invisible al vórtice de miradas extrañas, senda de piezas de mosaico (¿o más bien se le devenían en arcilla blanda sin cocer?) al ritmo de una guitarra tañida en las escaleras de emergencia intrínsecas a cualquier patio interior o callejón trasero de primitivos filmes hollywoodienses tintados por la mezcla de granulados matices cárdenos, glaucos y bermejos como respuesta a su actual coloración a la que, después de varios compases medidos por las zancadas de sus piernas, se le unen violines que relajan la marcha y animan al susurro de la melodía de las vocales. La concentración del paso cedió a favor de las cadencias tangibles para unos ojos cerrados y en la improvisada escala de su ageométrico trayecto y con el beneplácito de los arrullos graves y monótonos de aventuradas palomas optó, mientras entreabría sus párpados dejando la abertura de dos listones de persiana, por la prórroga como un gesto de generosidad para sí mismo.


“Discúlpeme. ¿No podría hacer una excepción y permitirme fumar durante el rato que esté con usted? Le aseguro que lo haría todo más fácil. No, ya veo que no. ¿Y cambiar de disposición los muebles? Quizá con la nueva perspectiva encuentre un punto de apoyo que... bueno, que me permita... ya sabe.”


Aquella tarde fue la última vez que se dirigió a alguien en forma de diálogo. Clausuró el tiempo de los parlamentos. Llegó la ocasión de no participar en la primera máxima del lenguaje para no ser ni emisor ni receptor de un mensaje que se le apetecía incorpóreo para cualquier soporte.

Después se acogió a la determinación de desvanecerse para atravesar las fronterizas líneas de lo real; si no podía escapar de ellas desaparecería eclipsando su estado de las intransigentes leyes de la medición.

Quizá en el mundo que no recogen los cartógrafos halle nuevos perímetros que trasciendan las lindes de los cánones de la racionalidad. Quizá allá, donde se rompe la regla de unidad de tiempo y espacio, se permita cambiar de disposición los muebles en un universo de perspectivas. Quizá los abandonados tordos métodos disciplinados de comunicación transmuten en la ligera forma del compás de soplos transparentes que descansan en el centro de los sueños. Quizá la vacua inexpresividad de su rostro seco y apolillado como el fondo de una buhardilla, otrora secreto escondite infantil para los compartidos juegos de la imaginación, venza la erosión del rictus con el despegue de los labios para la recepción del efecto del tacto.

Quizá descanse donde los cuerpos se reclinan en el níveo y áureo espacio reservado para los héroes.





Nacho Hevia

sábado, 3 de mayo de 2008

tu viaje a OZ

OZ


¿A quién se le ocurriría salir a regar las coles cuando la pequeña Dorotea había sido absorbida por un tornado en medio de las vastas praderas de Kansas? A tía Emma.

“¿A qué parte del mundo vas? ¿A qué maravilloso mundo de Oz?”

La constante presencia de tío Enrique en el umbral de la preocupación no te impidió, pequeña Dorotea, la virtud de toda la imaginación, felicidad y alegría del mundo gris que descubriste en la orfandad de la evolución.

Aquella mañana fui a ti realizando el camino de mórbido recorrido seguro de que tus pasos por la senda de baldosas amarillas terminaba y de que poco quedaba ya para que descubrieses que, donde la bondad iguala a la hermosura, entrechocando los talones de tus frágiles zapatos de plata tres veces, un ciclón de armónicos susurros cadentes te llevarían más allá de los inmensos violines, más allá de la palabra recuerdo, más allá de todos los nacimientos... pero no más allá de mí... no más allá de mí...

No... No voy a preguntarte por qué no regresaste a casa diciendo “llevadme a casa, donde tía Emma”, mi dulce. Hay quienes saben a dónde y cuándo deben irse. Encontraste... reencontraste tu fabuloso y mágico mundo donde te aguardaban otros tíos Enriques y otras tías Emmas. Y no te culpo por dejar las verdes praderas de Kansas... no... Nadie puede quejarse por no descubrir el camino de ladrillos amarillos. Tú lo viste con ojos entornados, con una madeja de zarzas en cada gota de sangre y la fuerza de golpetazos de mil martillos en el pecho y sólo volvías la cabeza para decirnos adiós con la suavidad de tres notas en la palma de tu mano.

Estés donde estés... no te hallas más allá de mí...

martes, 15 de abril de 2008

EL COLABORADOR



El colaborador


Durante toda la madrugada estuvo recostado en el sofá (cubierto éste con una sábana estampada con bastante mal gusto, a su parecer, con motivos de hojarasca) tratando de encontrar un resorte para la consecución de su objetivo: su presencia colaboradora del hecho que, con religiosidad, esperaba que acaeciera.

Sin recordar en qué momento se quedó dormido, despertó con la tela dorada, desplegada encima de su devanado físico, que con el paso de las horas atravesara los viejos visillos, sucios de gris, que torpemente colgaban sobre las ventanas, tan viejas como la edad del edificio.

Con la seguridad de quien tiene una cita fijada con días de antelación, se incorporó violentamente de un impulso lleno de riesgo para sus débiles piernas anquilosadas por su olvidada perpendicularidad al suelo y con velocidad discontinua transportó a su paso las, cada vez menos pequeñas y más numerosas, pelusas de polvo que, como en fieltro, se adherían a la espesa y seca pasta negra de la planta de sus pies, las cuales posó escrupulosamente remilgoso sobre una toalla, con el claro diseño de un hotel, extendida en el cuarto de baño para no pisar el mosaico de las ocres y cetrinas manchas circulares formadas, seguramente, con la mezcla del agua que escapaba del sanitario por la fuerza de la corriente que creaba la cisterna en las escasas ocasiones en que tiraba de la cuerda del tendal que cubría la necesidad de una cadena de eslabones demasiado oxidados como para soportar la tensión que produce su uso y las salpicaduras de su propia orina que nunca tomaba una única dirección por la presión con la que era expulsada entre los pliegues de piel que cubrían la totalidad de su glande.

Se duchó sentado, dentro de la bañera, con la cortina enmohecida en su borde inferior a trozos que dibujaban la silueta de los espejismos que, a su antojo, le apetecieran en los juegos que se inventaba con las reglas de su imaginación.

Sus nalgas ya estaban acostumbradas a la rugosa superficie de los adhesivos antideslizantes - la mayor parte despegados por sus flancos - con forma de hojas de plátano y se había hecho al rasposo roce áspero que producían en cada movimiento que, de manera imposible, trataba de evitar una nueva secreción de la uretra que, a pesar de todo, le producía cierto placer al sentir en sus muslos el chorro de orín suavemente atenuado dentro de la charca de agua.

Envuelto en su albornoz se miró en el pequeño espejo que pendía con la ayuda de una alcayata a punto de resbalar del agujero, sobradamente ancho para el grosor de su punta y esperó, inmóvil, mientras se secaba, a reconocerse tras el vaho que iba desdibujándose dejando tras de si puntos de agua que patinaban en descenso hacia el marco de plástico, frontera incapaz de una duradera contención.

Abrió las puertas de su mohíno armario de umbrosos estantes confusos de prendas con olor a vino picado, para vestirse, a su modo, elegantemente. De entre las camisas más apetecibles, para su estilo, escogió una granate, la menos arrugada, y la combinó, para su resalte, con un pantalón de color opalino. En cuanto a los zapatos no disponía de opciones porque durante toda su existencia, desde que él recordara, no había disfrutado más que de un par y siempre el renovado par que reemplazaba al anterior era igual de vetusto; era como si el destino le hubiese conminado a contar únicamente con zapatos de suelas agujereadas por donde se empantanaban los días de lluvia.

Hacía ya bastante tiempo desde la última vez que salió de su casa por lo que con falta de acierto y en la impericia que puede tener la habilidad de cerrar un pestillo trancó la puerta.

Pero al atravesar el dintel del portal, la decisión que le impelió a la forzosa tarea de travestir su cobrada mórbida apariencia se desmoronó con la misma violencia con la que le sobrevino.

Con el desengaño de la frustración, viéndose como un cuerpo baldío en mitad de la acera y ahogado en la congoja de regresar a la sombra de sus resquebrajados techos con la guisa de aquel que carga con el peso del malogrado triunfo, comenzó a caminar en tanto que apuntaba a método de lista en su memoria el desengrasante que emplearía para limpiar la cocina, lejía, amoníaco, detergente, suavizante, una escoba con todos sus flecos, leche, huevos, fruta, legumbres, carne, verdura (aunque fuese congelada), incluso pescado para un guiso, café, galletas, mermelada... y un par de zapatos nuevos.


Nacho Hevia

domingo, 23 de diciembre de 2007

SOUL


SOUL


Es la angustia paramórfica, en cada recodo ruinoso de los sitios perdidos entre concebidas magnitudes, estampadas en recargados calendarios apostillados, que año tras año protegen el mismo trozo de blanco con imagen de secas orillas orinadas sobre la pared superviviente a todos nosotros, la que le convierte en el vehemente imaginador de sagrados sacrificios de contrición con apariencia de profana confesión muda.

En la melindrería de sus modos, circunspección de prudencia moderada, la manera particular de expresar la significación del verbo superpuesto, con apariencia de cortés urbanidad en los capiteles con motivos de grosellas rojas de un templo erigido como morada para un culto más allá de toda divinidad, inaccesible para el resto de “fieles”, enmascaraba la auténtica herencia de una vida asimilada a la suya, una aprehensión desestabilizada por la desaparición de uno de los dadores que ahora sobrelleva nuestro protagonista tras la opaca celosía de la discriminación auto impuesta.

Tal era la dimensión de su autodestructiva devoción que cualquier formato físico mudó en pensamiento y cada pensamiento en uno sólo.

La implosión de todo lo medible en un único concepto hacia la custodia que, como objeto sacramental, era ungida con su propia sangre - culpable - no vertida en ofrenda debida, destruyó la totalidad que lo circundaba y continuó con sus ojos, sus extremidades, su sexo... hasta que finalmente terminó consumiéndole a él mismo, enferma esencia aletargada.

Más bien desapareció o transmutó como efecto de la conversión de estado de la causa adquirida en la profesión de los condenados a la involuntaria disolución de dos almas nacidas en el mismo embrión de la eternidad.

Así fue y así quedó recogido en el obituario, tutelado por algo más incomprensible que la propia existencia de este libro, donde aparece, con letras bordadas a mano con hilo de oro, señalada con una cinta color magenta, la partida de nuestro personaje.

Yo, simplemente, lo he narrado para la absurda comprensión de quien lo lea.


Nacho Hevia

lunes, 3 de diciembre de 2007

CASTILLO DE NAIPES



Castillo de naipes




El padre llamó al benjamín de sus hijos, de diez años, con su voz sonora y grave, la cual le indicaba -ya que, a pesar de su corta edad, había cultivado el estudio de distinguir los motivos de uno u otro tono que las cuerdas vocales y la impostación eran capaces de producir- la causa de su requerimiento: aquella tarde aprendería algo.

Triscando, con la ligereza que sólo un niño puede tener en la carrera de ir andando con zancadas impulsadas por suaves y rítmicos saltos, el muchachito de, hasta entonces, breve vida llegó al salón de la ruidosa casa familiar donde le esperaba su padre sentado en la silla que presidía la mesa que hacía las veces de comedor, de expositora de una galería de fotos de comunión * {idénticas, salvo el sujeto fotografiado en cuestión, a las exhibidas en los escaparates de las tiendas de revelado de su barrio donde lo mismo te retrataban en una instantánea rectangular del tamaño de la mitad de un folio, el busto doce veces [seis, medida carné; tres, un poco más grandes; dos, el doble de las anteriores; y una que entraba con dificultad en cualquiera de los escasísimos plásticos del álbum de bolsillo, de horrorosos motivos fotográficos en sus tapas (dícese de una o varias chicas en bikini – a ser posible un diseño de más de diez años - con el pelo cardado tan llamativo como el balón de playa que llevan en sus manos), que te regalaban al retirar el encargo que (no como ahora – hay que ver cómo avanza esta industria – que en una hora tienes todos tus carretes revelados incluidas ampliaciones) había que ir a recoger a los tres días como mínimo de su entrega] que con la misma pose, tan exagerada como cutre, de la hija del dueño con las mismas aspiraciones a modelo que la chica en bikini de los álbumes de su papá que, orgulloso mostraba (más por su trabajo que por su modesta adolescente) tras los cristales para el asombro de los viandantes como el joven protagonista} o de improvisado pupitre múltiple para la numerosa caterva que formaba su prole.

Instantes antes estaba desayunando su enorme tazón diario de leche en el que sumergía durante largos minutos sándwiches de galletas untadas con mantequilla que con dificultad escondían la cucharilla y media de mermelada de arándanos, que tanto le agradaba, que se escapaba (arriesgando la pulcritud que puede tener un afrutado estampado mantel de hule heredado con anterioridad a la fecha de cualquier partida de nacimiento de sus hermanos) en forma de obuses de churretes amenazadores de la láctea lona blanca y líquida que guarecía en su interior los descompuestos restos de tan dulce creación alimenticia y kilo-calórica que tenía su reflejo en los gelatinosos e incipientes michelines laterales que asomaban por encima de la goma de sus calzoncillos, castrense uniforme del hogar para disgusto de su progenitora.

En sus manos aún atesoraba el nuevo surtido de soldaditos de plástico que su madre le compró la tarde anterior en lo que, para él, era el más sorprendente (por lo profuso y variado de las existencias del muestrario) comercio – el kiosco, digno representante y moderno sucesor artístico del horror vacui -, tras optar entre éstos, tres canicas, dos paquetes de cromos para adquirir el, quizá inexistente, número setenta y nueve de “Monstruos monstruosos” o un helado de leche (“ya sabes que los polos son todo hielo y vienen muy mal para la garganta”; pero ¿acaso no era suficiente con la ingesta del casi medio litro de las mañanas?... ay!... el bienestar físico por el que sus padres se afanaban para sus retoños lo juzgaba un “pelín” exagerado).

Así que al presentarse ante la figura paterna con las veinte recientes incorporaciones de un centímetro procedentes de la real guardia francesa prerrevolucionaria que esperaba con nerviosismo una inusual batalla contra los siux antes de la comida y al no hallar bolsillos en la amarilleada muda los dejó caer con cuidadoso celo en el decorativo cenicero de la mesita supletoria (en cuyo interior ocho botellas, uniformemente cubiertas de polvo, y una miscelánea de copas granjeadas con cientonosécuántas tapas de yogures daban cuerpo al mini-bar) ocultando el, supuestamente pintado a mano (supuesto porque en la tienda le simulaba milimétricamente idéntico al resto de ceniceros) lema de cualquier souvenir: “Recuerdo de...”; en este caso “... de Rascafría”.

Mientras se recreaba en la distribución de sus pequeñas figuritas su padre retiró el tapete rojo de burletes blancos e hilos guindados que formaran bolillas caprichosas en poco más o menos toda la superficie de su área, como a base de arañazos de un gato que se enredase tenazmente con sus uñas sin limar, y viendo, con impaciencia, el deleite del crío en la imposible tarea de ordenar tal batallón de juguete en el interior del “dichoso cenicero” **, aguantando el deseo de gritar el nombre de su chiquillo para que le prestara la atención que necesitaba el motivo por el que había arrancado, con voz de mando, a su hijo de cualquiera de los sorpresivos planes (que apuntara en la agenda de una memoria que fácilmente se olvida en el infantil trasiego diario de un niño) sobrevenidos e ideados durante el primer orín de la mañana ***, y tal como le había sugerido su esposa, con delicadeza, acomodó al infante en la silla de su lado derecho. Inmediatamente su hijo le preguntó qué era lo que pasaba.

Su padre, sacando del bolsillo del pecho de la parte superior de su pijama un juego de cartas sujetas con varias vueltas de una goma elástica debilitada por el paso de varios calendarios y con un principio de derretimiento que la adhiere al mismo por la acción prolongada del Lorenzo, le contestó que, irrumpiendo en el cuarto de los niños, había tropezado con una caja de zapatos (la versión de una caja fuerte para un párvulo) y al dar ésta un molinete sobre sí misma a impulso del puntapié dejó caer, desparramándose por el suelo, entre una docena de piezas sueltas de puzzle en las que se entrevé un conjunto de vacas risueñas con la estampa de dibujo animado, una medalla de consolación del último torneo deportivo escolar, una bola de billar con el número tres y unas cuantas monedas de países extranjeros, la baraja que ahora asía entre sus manos.

Al padre se le antojó erigir con las cartas un castillo, un castillo de naipes y quería levantarlo con su “brujo”, inconsciente de que un sábado por la mañana, su enano, esperaba anhelante el reclamo de la llamada de su madre con los recados que (aún anotados en una cuartilla) no confiaba en que los obrase en su mayoría por lo atolondrado que podía llegar a ser, más aún si al salir de la panadería con las dos pistolas para la comida la dependienta le regalaba una remesa de colines.

Con todo, el niño se sentía muy dichoso, emoción que traslucía con una dilatada sonrisa que enarbolaba a cada lado de su cara unos redondos y formidables mofletes.

Hacía bastante que su padre no invitaba a sus hijos a que participaran en un juego; por lo normal era al revés, el grupo de infantes perseveraba, con exasperante pasión, en el contumaz reclamo de su intervención en los juegos, aunque fuera como lejano juez capaz de saber, desde el tresillo y mientras leía el periódico, los movimientos de las fichas de un parchís.

El chaval que, sin la ayuda de algún que otro cojín bajo sus posaderas malamente alcanzaba con dignidad una posición que le permitiera ser testigo de la original arquitectura, le iba ofreciendo a su padre los naipes que éste le demandaba, en tanto que escuchaba cómo le aconsejaba un infinitesimal margen de separación entre cada conjunto de cartas que formaban la primera base del castillo de figuras triangulares, así como la delicadeza con la que convenía descansar los techos que sirviesen de soporte para la siguiente serie de pares de cartas, sin olvidar que cada vez que se sube un nivel se resta un par de la sucesiva cadena para la obtención del apetecido diseño piramidal.

Explicado le parecía más complicado que probándolo en la aplicación de dicho sistema y si bien en otras ocasiones ya había probado a fabricar un castillo de naipes nunca lo había levantado con tantos pisos y aún menos con una resistencia tal que ni por el torpe traspié de sus rodillas contra las patas de la mesa la solidez de la acartonada fortaleza se veía mermada.

Con humildad tuvo que admitir (aunque con resquicios de orgullo y mentalmente) que las recomendaciones de su padre para el solaz entretenimiento (“y para casi todo lo demás”, pensó) eran muy valiosas por lo estricto: “disciplina, técnica y coraje” (palabras que durante el resto de su vida no olvidaría).

De este modo estuvieron montando la atalaya entre uno y otro por turnos pero habiendo ensamblado el penúltimo bloque con su respectivo techado únicamente restaba una carta.

Actuaba la vez del padre que, malhumorado, no hallaba la fórmula para coronar la fortificación y así concluir el juego. Con hosquedad acusó al desmandado orden de sus hijos el hecho de la falta de los naipes desaparecidos (“¡y tan sólo queda uno para terminar de armar la torreta final!”). Su hijo, con la cabeza gacha, escuchaba la perorata y como la monserga no terminaba a él sí que se le apuraba el cuello en la curvatura que hundía más y más su mirada bajo la mesa.

El irritado jugador abandonó a su “curro” prometiéndole otro castillo cuando encontraran la desaparecida pieza dejando al niño solo con la carta que carecía de su homóloga.

La atrapó con sus manos y dándole la vuelta al barroco reverso de dorados ornamentos con fondo grana advirtió que la figura de aquel naipe era el rey de copas y permaneció mirándolo inmutable hasta que, súbitamente le asaltó una magnífica idea.

Apresando con la mano derecha contra la tabla de la mesa la mitad de la carta con la izquierda llevó los bordes de la otra mitad hacia los simétricamente opuestos fijándolos en la doblez hecha. En esa posición y dejando libres sus manos más bien se asemejaba a un fuelle pero orientándola verticalmente había logrado fabricar la torre que laureaba el castillo.

Con chispeante agitación voceó a su padre, el cual, ajeno al griterío, no respondía a la aguda súplica. No por ello disgustado, dirigiendo su clamor de manera que le pudiera llegar a su padre la noticia, con tierna claridad y los ojos humedecidos por la excitación de haber resuelto con ingenio la traba de tan inconveniente contingencia, exclamó: “¡papá!, ¡papá!, ¡ven, mira!, ¡he solucionado el problema!, ¡lo he solucionado yo solo!, ¡el rey está dentro, protegido y nunca le podrá pasar nada malo!, ¡¿me escuchas?!, ¡el rey está dentro del castillo!”.




Nacho Hevia


* nostálgico apunte histórico con aplicaciones matemáticas

** Aclaración: las palabras entrecomilladas forman parte del pensamiento adulto que produce ver cómo un hijo pierde la cabeza entre las nubes después de haber comenzado a realizar una orden inicial o, como en ocasiones le asaltaba a este rapaz, en mitad de la ejecución de un ejercicio de matemáticas bajo la atenta mirada de un padre preocupado por el progreso en el expediente académico de su descendiente.

*** Acción que cumplía entre risas cada vez que los que le dieron la vida le decían aquello de “¡vamos, a cambiar de agua al canario!”. Y es que le divertía mucho ese tipo de expresiones, sobre todo, a la hora de dormir cuando, cada noche, una frase más ocurrente que las advenidas hinchaba la ya larga lista sobre la que abrigaba echar mano con sus propios hijos: “al tostadero”, “al sobre”, “al cine de las sábanas blancas”, ...

martes, 6 de noviembre de 2007

El Pozo


El Pozo



Cada vez que salía de su casa no podía evitar atravesar el camino del pozo. Necesitaba verlo y saber que seguía ahí, que no lo habían destruido de acuerdo a las nuevas normas de urbanismo, que el viejo pozo negro del camino continuaba donde siempre había estado.

Lo llamaban el pozo negro porque todos los que se acercaban a él y se asomaban a su interior tan sólo contemplaban una profunda oscuridad ni siquiera debilitada por la luz del mediodía.

Nadie sabía desde cuándo se encontraba el pozo ubicado en esas tierras áridas sin edificar, en medio de barriadas obreras en las que ni siquiera el espacio vacío que lo circundaba era utilizado por los niños para sus juegos de cuerdas y balones. Pero tampoco a ninguno de los que se cuestionaban la existencia de esta construcción les preocupó el futuro de aquel montón de grises piedras. Ahí estaba, nada más.

Algo tenía aquel pozo que le atrapaba su atención, que le enredaba los pensamientos y que le obligaba a rodearlo cada día... y cada día estaba más convencido de que en algún momento le absorbería.

El pozo... el pozo... el pozo... “...¿qué demonios tensan las hebras de mis sufrimientos anegándolas entre sí? ¿qué tiempo me falta en este placer? ¿qué concurso sinérgico excita mis motivos? ¿qué cintas granas? ¿qué agua? ¿qué espacio? ¿qué espacio? ¿qué ridículos adentros me persiguen hasta fuera de mí? ¿qué susurros sobre mi almohada? ¿qué respaldo amontonado? ¿qué muslos heridos por haber sido rosas desordenadas? ...”

Y las lágrimas descendían de sus ojos cóncavos, más deprimidos en su centro que en las orillas, llegando hasta sus labios, temblorosos y desunidos en sus flancos, con el sabor salado de las mucosidades enseguida diluidas.

Lo considerable se perdía a favor de una sola consideración y el decaimiento de sus conceptos devueltos en corruptos criterios viciaba su voluntad de desahogo prisionero.

¿Qué vega confiaba la fertilidad de su vehemencia contenida? ¿Qué prórroga le detuvo en el suceso que retrataba la amargura de su dechado ahora trocada en inminencia?

No buscaba una conclusión que condenara su locura, ni la resignación que produciría la aceptación de su estado cuando con la decisión de los impulsos de su ánimo interrumpió en la arquitectura que tanto le obsesionaba.

El pozo... Descendía por él mientras pensaba en su cama hecha, los libros ordenados de su estante, el suelo barrido y fregado, en su silla de la ropa del día siguiente, en la cazuela de pescado que prepararía al regresar... y se reía... “¿cómo puedo pensar en estas cosas?”

El pozo...






Nacho Hevia

domingo, 29 de abril de 2007

EL REFLEJO DE UN BESO

EL REFLEJO DE UN BESO
Cuando hubo terminado de orinar (con un sobresalto de micción que agujereaba por su presión la vejiga y que aprisionada en aquella acequia orgánica se liberó anárquicamente -como escapan de sus celdas las avispas al ver resquebrajado su nido por el ataque de una rama pelada en las manos de un niño inconsciente- con el primer resquicio de apertura de su glande, salpicando el cerco de la taza del sanitario a golpes de borbotones áureos, con una pauta que limitaba su intensidad y cantidad a medida que la secreción era expulsada) advirtió que, otra vez, la pernera derecha había sido dibujada de manera vanguardista con tal templado tinte dorado.

“La próxima vez mearé sentado”, se dijo a la vez que se avergonzaba con zozobra por estimularse ante la idea de sentir la emulsión salina patinando en sus nalgas tras haber sido regadas por el efecto de un chorro demasiado fuerte sobre la porcelana del sanitario, mientras sacudía su pene para desprenderse de las gotas que habían quedado encharcadas entre los pliegues de un retraído pellejo.

Permaneció de pie, con los pantalones a la altura de los muslos, dispuestos a deslizarse hasta el suelo y sólo sujetos por el recién adquirido adherente sobre su piel, sin saber si aquello era la gota que colmaba el vaso o si el vaso del aguante era en demasía irrisorio.

Primero fue el ojo izquierdo. Le siguió el derecho. Comenzó a sollozar con una leve arqueada mueca que se asemejaba a una sonrisa, pero que alternaba en su curvatura como las bocas en las máscaras del teatro. A su vez, con ceremonia de danza árabe, giró sus caderas para ceder a la gravedad el peso de los pantalones y, con gracilidad, lo desocupó abandonándolo sobre los baldosines. Quedó por entero desnudo, salvo por el relieve de las inéditas lágrimas y del, cada vez más pegajoso, mejunje formado por el sudor que transpiraba de sus ingles y la excreción por un tiempo considerable expuesta a la atmósfera enclaustrada de un cuarto de baño de paredes cerradas y sin ventilación.

Quedó frente al espejo de cuerpo entero que ocupaba el reverso de la puerta del lavabo mirándose como si la imagen que ante él se manifestaba no fuese la suya. Reconociéndose tan solo en aquellos ojos clareados como un amanecer por el desprendimiento que causa el brote de un llanto.

Lentamente, arrancó sus manos al peso de la gravedad para conducirlas, colgadas de sus muñecas como si estas estuviesen sujetas por las cuerdas propias de una marioneta, hacia su cara. Reclinando sobre su rostro las falanges superiores de sus dedos volvió a ceder al peso sus brazos lánguidamente para que, con el rodamiento, las yemas acariciasen con expresión de arañazo el camino que se puede recorrer entre la frente y el comienzo del cuello.

Con superlativa superficialidad y más delicadeza de la que se pueda tener con la nuca de un bebé, deslizó las manos en sus hombros, bajando por sus pechos - con un sutil recreo sobre sus abruptos pezones – cayendo luego como cascada en su vientre para hundirse después sobre su sexo, refugiando así la incipiente rigidez de su erección.

Se miraba en el espejo, ebrio de un vino que no había probado, abriendo la boca y separando los labios, unidos ahora tan sólo por columnas densas de saliva que terminaban rindiéndose al labio inferior, al mismo ritmo que las pupilas iban dilatándose.

Cuanto más se miraba, más embriagado se encontraba; cuanto más embriagado, menos avergonzado de desearse; cuanto más se apetecía, menos se identificaba; cuanto menos se reconocía, más excitado estaba.

Se acercó al espejo como quien se acerca a lo que no le pertenece, con cierto aire de desafío pero sabiendo que está vencido porque se rindió antes de llegar al límite que deja atrás el momento de no retorno. Se aproximó de la misma manera que se hubiese arrimado al cuerpo dormido que ocupaba su cama: indolentemente para no despertar, pero con movimientos tan repentinos como estudiados que hagan notar su presencia.

Acarició su lengua por su propio reflejo suavemente, con ligereza. Era un gesto que le confirió seguridad. Lo que llega mansamente, con docilidad, da pie a un camino donde lo violento se recibe con un placer agradecido.

Con brutalidad y aspavientos de cruda violencia contenida trató de aprisionar cada recodo de su cuerpo con las mismas partes reflejadas. Cada movimiento suyo era una provocación a su imagen para ser tratado de igual suerte.

No era él mismo quien le indujo a un movimiento vertical de forma que su sexo apresado entre su entrepierna y el cristal le llevase a una eyaculación que se retrasaba.

Fue el otro quien se le quedó mirando con la boca entreabierta. Pero fue él quien, con falsa gracia y engañosa ingenuidad en los modos, acercó los labios y a medida que llegaban a su destino fue bajando los párpados para dotar al acto de una verosimilitud que no existía. Sólo, con el primer contacto y tras el primer borbotón de saliva, volvió a desatar una furia que agredía como quien se rebela por la falta de respuestas.

La eyaculación llegó y, al tiempo que se empequeñecía su erección, fue despegando su humedecida boca del espejo.

Con desgana arrancó un par de trozos de papel higiénico con los que limpió los últimos restos de semen que aparecieron al presionarse el pene y tras arrojarlos al sanitario abandonó el cuarto de baño sin más presencia que la suya.



Nacho Hevia

viernes, 13 de abril de 2007

Diez para las Trece

Diez para las Trece


El reloj de la estación donde el tren haría un receso de varios minutos, para deshacerse de cuatro de sus seis vagones ya que el número de viajeros había disminuido considerablemente después de haber recorrido más de la mitad del trayecto, marcaba diez minutos para las trece horas.

“Qué reloj tan hermoso”

Pensaba que todos los relojes de todas las estaciones, al menos los de las regionales, eran idénticos entre sí, o casi, porque, sin embargo, se le presentaban tan independientes, individuales, personales... y le gustaba creer que se debía al hecho de que cada uno señalaba su propia hora, de que el “plac” del minutero por cada sesenta segundos era, por completo, diferente a cualquier otro “plac” de cualquier otro minutero de cualquier otro reloj de cualquier otra estación o, sencillamente, porque hubo un diseñador único de relojes de estación que decidió que aquel modelo sería exclusivo, que todos los andenes de estación de tren tendrían en sus paredes un reloj que diese la hora por ambos lados, lados abiertos como si se asemejasen a un fuelle, pero sin boquilla, con los bordes de forja y con un minutero que en cada tránsito emitiese un sonido alejado del “clac”, “clap”, “tac” o “tap”, sino un sonido que sonase a “plac”.

El reloj de la estación de trenes regionales seguía marcando diez para las trece.

“¿Se pueden tener todos estos pensamientos en menos de lo que dura un minuto?"

“... , ...”

“Sí, seguro... y más aún”

“¿Es ese minuto estanco, detenido tras un sonoro y momentáneo plac, o es otro componente que hay en mí lo que me dicta que esta vida es para siempre?”

Miraba a través de la ventana de su vagón de tren suspendido en la quietud de aquel minuto mantenido y observaba una hilera de casas, todas exactas, tan sólo diferenciadas por las prendas y vestidos que pendían de sus similares tendales de azotea y, quizá también, por alguna planta olvidada y sin regar en las esquinas de las terrazas de barras de hierro descorchadas y que, como ocurría en cada casa, estaban colocadas en el primer piso, en el lado izquierdo y sobre la puerta de acceso a las viviendas.

Las mismas casas recibían el mismo amanecer y la misma sombra de tarde. Sobre las mismas casas caía la misma lluvia y recibían el invierno al mismo tiempo.

Aquellas casas... todas ellas... todas pintadas con un viejo marrón sucio y de puertas de un color verde resquebrajado... Aquellas casas estaban encadenadas a un mismo destino absurdamente vacío por la despreocupación que provocaban.

La visión de esta estampa omitió en su contemplación a las personas y animales que formaban parte de aquel conjunto; pero no, no se sorprendió al percatarse de ellos.

Una mujer, algo rechoncha, que llevaba puesto un delantal azul oscuro moteado de flores sobre una blusa demasiado grisácea como para que en otro tiempo hubiese podido ser blanca, cocinaba en una cazuela que humeaba, dando giros dentro de ella con una cuchara de madera mientras apartaba la cabeza en un intento de evadirse del calor que desprendía la cocción. Pero el sudor caía sobre su frente y saltaba, a modo de trampolín, desde las puntas del pelo.

Un hombre viejo, muy viejo, de los que se mueren en un momento sin quejos, ni lamentos, sin causas de dolor, sin avisos y con deseo de silencio... Aquel viejo permanecía inmóvil, inerte, sentado en una silla plegable de playa de rayas blancas y azules. Tenía la mirada de quien ha olvidado todo y se aleja de palabras nuevas. Nada brotaba de él: ni un movimiento, ningún carraspeo y sin, ni siquiera, signos de vivir con algún consuelo.

Un gato, entonces, andando más lentamente de lo que el viejo pudiera andar, apoyando todo su peso en cada pata que ejecutaban aquellos pesados pasos y apareciendo en esa escena desde ningún sitio, se colocó bajo el asiento del viejo dejándose vencer por su peso en una caída que lo tumbó sobre uno de sus costados y dejando sus cuatro extremidades tiradas en el suelo al azar.

En el umbral de una de las puertas un niño saltaba torpemente en la vana empresa de alcanzar el dintel. ¿Era un juego? Si lo era, el objetivo consistía en tocar un trozo de madera y su resultado, el único premio para el solo participante, al cual, sólo le distraía de aquella tarea el subirse los calcetines que, con cada impulso, descendían hasta los tobillos por tener una goma desgastada que ya nunca sujetaría la tela a la altura deseada por el crío.

Se le antojaba aquella representación fotográfica capricho de pintores.

“¿Sería esta imagen lo que los artistas llaman naturaleza muerta?”

No. Él no entendía de arte, pero ante sus ojos se le presentaba aquel cuadro como un bodegón donde nadie espera nada... donde nadie busca nada... y donde la gente se convence de su felicidad cuando un elemento complaciente llega a sus vidas.

Un pitido estridente de silbato le apartó de aquella realidad. Giró su cuerpo para examinar el vagón en el que viajaba. Algunos de los viajeros que hasta llegar a aquella parada de estación le habían acompañado desde el inicio del trayecto ya no estaban, ni tampoco sus equipajes.

“¿En qué momento habrían bajado del tren? ¿A caso éste era su destino?”

Un rezagado pasajero terminaba de ultimar un cigarro junto a las puertas y lo tiró violentamente cuando estas comenzaron a cerrarse automáticamente. Saltó desde la plataforma alcanzando el vagón antes de que quedasen bloqueadas.

Volvió a mirar por la ventana. El reloj de la estación marcaba ahora las trece horas.


Nacho Hevia

miércoles, 4 de abril de 2007

RELATO: CARIATIDE

Cariátide



La mujer que miraba la televisión tenía los pechos vencidos, abiertos como dos palmas caídas al suelo y mostradas en señal de derrota; ausentes bajo el grotesco jersey, no menos sucio por ser gris, de lana gorda, cubierto de relieves deshilachados; a aquellos pechos les sobraba piel para ser pequeños o les faltaba prieta carne para ser hermosos; aquellos pechos eran omitidos por ella misma de igual manera que la marea de desperdicios que se arremolinaban en las orillas de la barra del bar en la que se estampaba cada final de tarde.


La mujer de pechos en antítesis con su joven edad trataba de responder a las preguntas del millonario concurso de rebajada cultura general con demasiado poco acierto repitiendo las respuestas correctas inmediatamente después de escucharlas por boca de los, bien vestidos para la ocasión, concursantes o de la guapísima presentadora que con voz clara leía los enunciados impresos en los tarjetones que atesoraba en sus finas manos pudiéndose distinguir en su envés el llamativo y poco original logo del programa, haciendo suyas las enormes cantidades de dinero que el bote acumulaba día a día.


La mujer de pechos deprimidos, cada menstruación irregular más tristes, sabedores de que, aún habiendo sido preñada en más de una ocasión, su dueña jamás parirá cuerpo vivo, se alimentaba de las ínfimas raciones gratuitas que acompañaban a sus demandas de cerveza. Dos o tres patatas al alioli por caña que agregaban su sabor a su aliento de alcohol y alcanfor.


La mujer de pechos agónicos, abandonados sobre sus costillas, salió del bar con su sueño de millonaria y su escueto bolso de raídos y largos flecos vaqueros vacío.


La mujer de pechos áridos, crónicamente enfermos, con el primer billete de la noche en la cartera, agachada sobre sus rodillas asfaltadas de costras, con la cabeza echada hacia atrás, mirando a los ojos del hombre que tiraba de su apelmazada cabellera, sonreía con labios entornados, resbalándose saliva a impulsos de arcadas. Ni los concursantes, ni el público, ni toda la clientela del bar... nadie salvo ella podía responder a la última pregunta del concurso. La guapa presentadora miró directamente a la cámara y preguntó: “¿qué es una cariátide?”


En su cartera, dentro de un bolsillo plastificado, guardaba una cuartilla cuadriculada en la que a sus quince años escribió para un ejercicio de su clase de Literatura el poema que nunca presentó...

aquí estoy
tratando de deshilachar aristas
de la otrora cariátide
de sentimientos barroca
Nacho Hevia